Posiblemente pocos recordamos cuando fue la primera vez que invitamos o fuimos invitados a lo que esta frase
indica, del mismo modo que podemos asegurar su uso casi a diario bien ante una persona física o delante del televisor a raíz de algún comentario o noticia capaz de causarnos indignación.

No es menos cierto que cada vez es más frecuente sustituir la porra por otros sitios o acciones más rotundas, en las que nuestro interlocutor sale peor parado y nosotros quedamos más satisfechos, como más descargados.
En realidad, la porra era un enorme bastón situado en algún lugar del regimiento donde antiguamente se enviaba al soldado por un determinado tiempo como arresto leve.
Claro, no me imagino yo enviando a la porra 10 minutos o una hora según el caso, al árbitro que no pita bien a mi equipo, al político que no gobierna como yo quiero, al banquero que juega peligrosamente con mis ahorros o endurece mis créditos, o incluso al empresario a quien la “mala fortuna” ha dado con mis huesos en otro sitio que tampoco es la porra.
Por tanto, decidimos que son más transparentes esos lugares un tanto obscenos donde se esparce nuestra ira esperando la llegada virtual de nuestra víctima.
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